HONESTIDAD E INTEGRIDAD PERSONAL. (Miguel Ángel Padilla)

La honestidad quizás sea uno de los valores más básicos y universales, imprescindible para poder construir la convivencia humana y establecer una buena relación entre las personas, los Gobiernos, instituciones, etc... pero una de los que más empezamos a echar en falta en los últimos tiempos.
La marcha de la humanidad, ya sea a gran escala o en pequeñas comunidades, depende del grado de honestidad de quienes la integran. Una honestidad que debería impregnar todas las esferas que involucran la actividad humana.
Como muchas virtudes, se la valora más cuanto más se ausenta de nuestra sociedad, apreciándola tarde, cuando se resquebraja el edificio de lo social y sufrimos las consecuencias.
Cuando en el año 2008, un reducido grupo de filósofos tratábamos de dar forma a la declaración de principios en torno a una ética universal, escribíamos sobre la honestidad y la integridad personal: «El mundo necesita que los seres humanos vivamos con honestidad, con coherencia con nuestros propios principios y nuestro sentido del Bien y la Justicia. Es decir, con una cierta unidad entre pensamiento, sentimiento y acción que se manifieste en sinceridad y fortaleza moral para no dejarse arrastrar por las oportunidades de corrupción que se nos presenten».
«Solo la honestidad produce ejemplo y es este, el ejemplo, el imprescindible motor de la transmisión de valores y de la confianza en los poderes públicos representados en sus responsables».
Si bien el relativismo imperante en el siglo XX ha producido una gran confusión con respecto a este y otros valores humanos, humildemente creo que se impone la necesidad del sentido común y de poder abordar valores esenciales que por universales, son comunes a toda la humanidad, si bien cada cual puede recorrerlos con sus diferentes matices y expresiones particulares.
Honestidad y honradez van de la mano y se refieren hoy en día a lo mismo.En general, se trata de actuar coherentemente con nuestros valores, pensamientos y sentimientos.
El hombre o la mujer honrados son fieles a sí mismos y coherentes con sus propios principios. No albergan ocultas intenciones. Pero la coherencia solo no bastaría para reconocer la honradez.
La honradez nos habla no solo de coherencia, sino de rectitud de ánimo e intención, es decir, que haya una buena voluntad en nuestros pensamientos y actos, lo que supone que nuestra intención está guiada por el deseo de hacer el bien, de hacer lo correcto.Por lo tanto,para ser honrado hay que tener valores con los que identificarnos.
Para que haya honradez tiene que haber conciencia del bien y un impulso de desarrollo personal, afirmado en lo mejor de nosotros mismos, que fortalezca el altruismo, la bondad y el respeto por los demás.
Es una expresión de nuestra fortaleza moral (como nos recordaría Platón), de nuestra capacidad de mantenernos firmes en nuestros principios más allá de la adversidad. Se trata de un acto de fidelidad a nosotros mismos. Por ese motivo se convierte en la medida de nuestra valía, de nuestro valor.
Los tres grados de honestidad según Confucio (551 a.C.-479 a.C)
Confucio señalaba tres grados de honestidad. El primero (denominado Li) hace referencia al comportamiento que, basado en la sinceridad, busca conseguir los propios intereses, ya sea a corto o a largo plazo, busca el bien personal.
Un nivel superior (denominado Yi) se produce cuando el motor de nuestro comportamiento no es únicamente nuestro personal interés, sino que este se funde con lo que creemos justo y produce un bien, es decir, está movido por la bondad y la justicia. Contempla no solo lo que uno piensa y necesita, sino que incluye a los demás, sus necesidades y su bienestar.
El nivel más elevado de honestidad (denominado Ren) surge cuando alcanzamos un sentido de fraternidad y humanismo tal que tratamos a todas las personas y seres como parte de nosotros mismos.

Unidad e integridad personal. El gobierno de uno mismo
Como vemos, la honestidad nos habla de la coherencia que necesita el ser humano entre lo que piensa, siente y hace, para el logro de una cierta felicidad y convivencia.
Cuando hay honestidad,nuestros actos hablan de nuestras intenciones y estas son buenas.
Pero toda unidad, toda armonía necesita une eje que equilibre, y este ha de estar constituido por lo mejor de nuestra naturaleza humana.
La honestidad nos transforma en individuos (el individuo platónico que se diferencia del hombre-masa), en seres humanos que han logrado una básica armonía interior, desarrollando un gobierno de sí mismos desde una conciencia elevada, desde el propio discernimiento, amor y sentido de la justicia.
Nos hace libres y autónomos, pues nos permite movernos guiados por nuestra voluntad iluminada por los valores, y no por las circunstancias y los impulsos caprichosos de nuestra personalidad cambiante.
Es, pues, como decíamos antes, una muestra de la fidelidad hacia nosotros mismos. Pero ¿a qué aspecto de nosotros mismos, considerando los muchos impulsos e inclinaciones que conviven y se manifiestan en cada uno constantemente? Pienso que a aquello que nos hace humanos, más allá de nuestra realidad animal. Es decir, que busca la propia identidad en nuestra capacidad de discernir, de percibir la belleza y desarrollar la bondad… cada uno en su medida.
La base de la dignidad
En cierto modo, podemos decir que la honestidad es atributo de nuestra dignidad y la medida de nuestra valía.
Sin olvidar que todos los seres humanos(y me atrevería a decir que todos los seres vivos) somos dignos y, por lo tanto, objeto de respeto, tenemos que aceptar la natural aspiración a desarrollar y desplegar el maravilloso potencial que como seres humanos tenemos y que aún no se ha puesto de manifiesto.
Todos necesitamos un poco de autoestima y de aceptación, de valoración por parte de los demás, pero no son los honores y reconocimientos sociales lo que nos dignifica, sino nuestra integridad personal expresada en nuestros actos y los valores que los mueven.
Quien tiene en estima su propia honradez es porque valora su dignidad, y esta la considera la mejor carta de presentación de sí mismo. No valora más lo que dicen los demás que su propia conciencia, y en su relación con el mundo, estima más sus principios que sus bienes.
Su honestidad no se refleja únicamente en puntuales actos, sentimientos o ideas, sino en una constante y honesta trayectoria en aras del bien.
El valor de la palabra
La palabra, como vehículo de comunicación, revela nuestras ideas e intenciones –o debería hacerlo–, establece vínculos y crea puentes de conocimiento mutuo y del mundo.
Si la palabra es sincera, es decir,expresa nuestras ideas e intenciones y compromete nuestros actos, entonces es constructiva y tiene valor. La palabra se convierte en un instrumento de poder, capaz de generar entendimiento, confianza y, por ende, convivencia.
Solo cuando la palabra tiene verdadero valor puede, a través del diálogo sincero, resolver los conflictos y sustituir a las armas de guerra.
Pero cuando la palabra es un instrumento de engaño, un arma demagógica, cuando la palabra de un ser humano ya no vale nada, entonces es muy probable que sea reemplazada por la violencia y las armas. ¿Qué es lo que devuelve entonces el valor a la palabra? Aquello que se lo dio: el ejemplo. Solo el ejemplo da valor a la palabra.
La falsedad, la mentira, destruyen y corrompen, como también lo hace el que faltemos a nuestros compromisos adquiridos, a nuestra palabra dada. En el antiguo Egipto, había una expresión para aquel que sabía medir sus palabras, ser veraz y honrado en sus compromisos: ser Justo-de-voz.
La sombra de la honestidad: la corrupción
La vida nos ha enseñado que para conocer la calidad de algo, su autenticidad y nobleza, hay que verlo sometido a pruebas que lo lleven al límite de su naturaleza (como las pruebas de resistencia de materiales o de calidad de los productos). Solo entonces sabemos la pureza y calidad con que está hecho.
Y, efectivamente, son las situaciones difíciles las que comprometen nuestra calidad humana, y es en ellas donde se forja nuestra honestidad, nuestro auténtico valor. El sentido de la honestidad se construye sobre los sólidos pilares de nuestros principios,pero se desenvuelve sobre lo que las situaciones de la vida nos presenta y, si bien la vida exige flexibilidad y adaptación,no podemos disfrazar la corrupción con adaptación a la realidad.
Cuando algo pierde su naturaleza y se descompone es cuando decimos que se corrompe.
La corrupción no es sino la pérdida de autenticidad, de unidad y coherencia para con los valores que nos comprometen. Y se suele presentar ante las oportunidades de satisfacer nuestros intereses egoístas o cuando estos intereses están en peligro.
Se corrompe quien ha puesto su dignidad moral en el mercado, o sencillamente siempre tuvo como amosy señores sus deseos y apetitos, más allá de las apariencias.
Hay quienes se venden por el dinero, por el halago, por el sexo o la apariencia de poder, que es falso, pues acaban siendo marionetas movidas por los hilos de sus propias debilidades.
La honradez se cimienta sobre la ética personal. Ni las intenciones egoístas ni la ceguera dogmática son buenos consejeros. Por eso, el que es honrado no abusa ni de la confianza ni de la debilidad de los demás.
Responsabilidad
La honestidad es un ejercicio de responsabilidad y libertad. Supone no solo ser consecuentes con nosotros mismos, sino asumir las consecuencias que se derivan de nuestras palabras y actos.
Si cometemos un error, deberíamos recoger el fruto, corregirlo o rehacer el camino. El error no nos hace indignos ni merma nuestra honradez, pero sí la actitud que trata de culpabilizar o responsabilizar a otros de nuestros errores.
Si somos libres para elegir, debemos ser responsables para asumir las consecuencias de nuestras elecciones. Esto es la base de la libertad, no se puede separar de la responsabilidad. Paradojas de un mundo que se cree libre, pero que constantemente huye de su libertad.
¿Puede un fanático o un loco ser honrado?
Si por honestidad entendemos únicamente actuar tal y como se piensa, los fanáticos y los malhechores lo serían, pues actuarían en muchos casos en consecuencia con lo que sus enfermizas mentes o impulsos instintivos les dictan. Sin embargo, al hablar de honestidad reconocemos que la primera integridad que necesitamos es para con nuestra naturaleza humana. Nadie puede permanecer ajeno al compromiso con la propia vida y con el bien común.
¿Existe un deber propio del ser humano? Es difícil responder en un tiempo en el que solo hablamos de derechos, pero si reconocemos unos derechos humanos es porque intrínsecamente aceptamos unos deberes humanos que, como los derechos, forman parte de nuestra naturaleza, y nuestra integridad debe medirse con respecto a ese deber ser, a ese deber ser humano.
En Oriente se nos hablaba de la recta conciencia, el reconocer el Dharma y ajustarnos a él, siendo el Dharma, en este caso, aquello que conduce hacia el buen desarrollo de lo mejor de nuestra condición humana.
En el Noble Óctuple Sendero, Buda recomienda elegir unos rectos medios de vida que no traicionen el deber natural que nos corresponde como seres humanos.
Platón nos insta a aspirar a ser guiados en nuestra vida por el mayor bien y sabiduría.Esa es la mejor aspiración a la que puede llevar el valor de la honestidad.
Quien es honesto es confiable
Esta es la base de toda relación y convivencia. Nadie quiere ser decepcionado o engañado.
La honestidad genera confianza, y la primera confianza que necesitamos es en nosotros mismos.
De la misma forma que el ejemplo que recibimos de alguien nos permite realmente confiar en él, la confianza en nosotros mismos nace del ejemplo que nos damos, más allá de si nos ven o no; nace de la honestidad que tengamos para con nosotros mismos, para reconocer nuestras debilidades, pero también nuestras fortalezas.
Hoy más que nunca, cuando vemos cómo se derrumba la confianza en nuestros representantes políticos y agentes sociales, y con ese derrumbe vemos tambalearse el equilibrio social y la convivencia, se pone de manifiesto que la honestidad es la base de la confianza y que esta pasa inexorablemente por dar ejemplo.

Miguel Ángel Padilla. Málaga 19-06-2016

Presentación de la Red de ética Universal en la I Semana Hispano Marroquí de Amistad y Cooperación

La Red de Ética Universal participó del 9 al 14 de noviembre en la  I Semana Hispano Marroquí de Amistad y Cooperación celebrada en Rabat.
Una semana intensa y fructífera en la que pudieron estrechar múltiples lazos con diferentes organizaciones y estamentos oficiales tanto de Marruecos como de España.
El presidente de la Red de Ética Universal, D. Miguel Ángel Padilla presentó la Declaración de Principios para una Ética Universal teniendo una muy buena acogida.
Desde aquí agradecemos a la Federación des Agencias Internacionales por le Developpent, AIDE, la magnífica organización y desarrollo de las jornadas.




DECLARACION DE PRINCIPIOS EN TORNO A UNA ETICA UNIVERSAL.


Es un hecho constatable que, paralelamente a una gran transformación de las sociedades actuales, se está produciendo también la deshumanización de las mismas, una de las principales causas de los grandes problemas de la humanidad. Esto lleva aparejados una gran miseria moral y un vacío de valores éticos, que, además de ser fuente de fanatismos e ignorancias, son causa también de la miseria física, la intolerancia y el declive social, cultural y, finalmente, económico.
Como se reconoce en la introducción a la carta de constitución de la UNESCO: “puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”.
Urge, en consecuencia, el fortalecimiento de valores éticos en todos los órdenes en que se articula nuestro mundo actual, desde la convivencia social a las estructuras educativas, profesionales, políticas, económicas, etc.
Afirmamos la existencia de unos principios éticos universales, que nacen del reconocimiento de la dignidad humana y de la necesidad de su pleno desarrollo en convivencia, en armonía y en paz.
Se trata de valores universales que, respetando la diversidad, la multi-culturalidad, las creencias y las religiones, trasciendan los propios valores culturales y confluyan en unos principios comunes inherentes a todo ser humano, más allá de su raza, cultura o credo.
Por ello, ningún sistema político, social o religioso debe suplantar la autoridad de dichos valores en la conciencia de cada individuo.
Entendemos los valores éticos como aquellos que producen un bien moral, es decir, que respetan, mejoran y perfeccionan la condición humana. Esta aspiración hacia lo mejor ha ido desarrollando en los diversos marcos históricos y culturales diferentes normas morales. Pero cuando estas normas se desarraigan de la esencia de los valores éticos profundos que les dieron nacimiento, se vuelven rígidas cual una cáscara vacía y contrarias al fin para el que nacieron.
El bien común ha de ser la meta más elevada, una meta que no anule al individuo, sino que lo potencie, pero que no permita que ese bien común sea vulnerado por los intereses individuales de unos pocos.
No habrá paz ni justicia social sin una ética individual, especialmente arraigada en el comportamiento personal de los responsables sociales, políticos, económicos, etc.
Los estamentos sociales han de dotarse de valores éticos sólidos, que fortalezcan sus fines de servicio a las naciones. Todas las estructuras sociales (medios de comunicación, organizaciones empresariales, instituciones públicas y privadas, organizaciones políticas, religiosas, educativas, etc.) están constituidas por personas que, más allá de los códigos deontológicos corporativos, deben vivir una ética individual como la más firme garantía de justicia social.
La práctica habitual de las virtudes éticas hace al hombre moral, favorece la convivencia y la justicia y dispone hacia la felicidad. Esas virtudes éticas son, por ello, los principales soportes de una sociedad justa, libre y solidaria.
La vivencia de los valores se refuerza con un sentido profundo y no superficial de la cultura.
La ignorancia, el embrutecimiento y el fanatismo no favorecen el florecer de los valores éticos.
Necesitamos, por tanto, una educación y una cultura humanísticas que refuercen y confirmen los valores humanos y las características que hagan crecer lo mejor del género humano, que nos permitan saber todo aquello que favorece el sano desenvolvimiento de las facultades del hombre, desde lo físico hasta lo emocional y lo mental.
Pensamos que la educación debe servir al desarrollo del individuo y no a los intereses económicos predominantes.
Pensamos que es necesario fomentar la cultura como un conocimiento global, como una experiencia profunda de la humanidad que recoja su historia, sus logros, sus errores, expresados en el conjunto de sus valores permanentes, conocimientos científicos, creencias y experiencias, que van siendo acumuladas generación tras generación.
El desarrollo de los valores ha de promoverse de forma conjunta y complementaria, pues es desde la armonía e integración de diferentes valores como se puede garantizar una ética sin extremismos deformantes que pierdan de vista la globalidad del ser humano.
Una vez más, queremos repetir la idea de que es desde una ética sólida individual desde donde se puede construir una justicia y una convivencia social.
VIVIR Y FOMENTAR EL DESARROLLO DE LOS VALORES UNIVERSALES
Aunque son muchos los valores que podríamos reconocer como universales, desde esta plataforma queremos resaltar como punto de partida una serie de valores esenciales, valores universales con los que los abajo firmantes nos comprometemos en el esfuerzo por vivirlos personalmente y promoverlos colectivamente.
.- Amor a la verdad y al conocimiento.
Es necesario desarrollar y vivir el amor a la verdad y el conocimiento como una aspiración natural más allá del entorno cultural y religioso.
El amor a la verdad parte de la legítima aspiración por desarrollar el propio discernimiento y comprensión del mundo y de uno mismo.
.- La honestidad y la integridad personal.
El mundo necesita que los seres humanos vivamos con honestidad, con coherencia con nuestros propios principios y nuestro sentido del bien y la justicia, esa unidad entre pensamiento, sentimiento y acción que se manifiesta como sinceridad y fortaleza moral para no dejarse arrastrar por las oportunidades de corrupción que se nos presentan.
Solo la honestidad produce ejemplo, y el ejemplo es el imprescindible motor de la transmisión de valores y de la confianza en los poderes públicos representados en sus responsables.
.- Bondad y amor.
La bondad y el amor son el nexo que hace posible la concordia y la unión entre los seres. Los hombres y mujeres necesitamos fomentar esa predisposición constante hacia el bien, que se nutre del inegoísmo y busca lo mejor para los demás.
Quien posee bondad de corazón no pretende beneficios ni éxitos personales a costa del perjuicio de los demás.
.- La sensibilidad hacia la belleza.
La sensibilidad estética despierta en el ser humano resonancias hacia el bien, la armonía y el discernimiento. Si la ética la podemos entender como belleza interior, debemos también propiciar la belleza en lo que nos rodea. Belleza exterior e interior deben ir unidas.
Por ello, pensamos que el arte, como instrumento civilizatorio, puede contribuir a la creación de espacios, entornos y manifestaciones culturales que fomenten lo mejor del ser humano. Pero es necesario que el arte camine de la mano de la creatividad y la belleza y no de la mano del mercantilismo.
.- Respeto por el medio ambiente y la vida en general.
El ser humano está integrado en la Naturaleza. Forma parte de su maravillosa manifestación de vida.
No podemos entender la Tierra, los mares, los árboles ni los animales como meros objetos a nuestro servicio.
Todo perjuicio que hagamos a este maravilloso sistema de la Naturaleza, además de ser un atentado contra la vida, acabará recayendo sobre nosotros.
El respeto a la vida, al medio ambiente y a su necesario equilibrio es el fruto natural de entender la unidad sustancial de la vida, y al hombre como parte de ella.
.- Sentido de la vida y trascendencia espiritual.
Ya sea desde la fe, desde la ética o desde la filosofía, cuando el hombre reconoce su dimensión profunda o espiritual como parte de sí mismo, así como una dimensión profunda en el universo que le da sentido, llámese Dios, Causa o Esencia, esta otorga un sentido a la vida donde los valores y cualidades éticas adquieren una mayor relevancia en nuestro propio desarrollo y el de la humanidad.
Este motor espiritual unido a los demás valores de discernimiento, amor a la verdad, compromiso social y bondad, ha movido y puede seguir moviendo el desarrollo de la humanidad en todos los órdenes de la vida, desde el progreso material hasta el intelectual y moral.
.- Sentido de la justicia asentado en un gran humanismo.
Se ha definido la justicia como dar a cada cual lo que corresponde según su naturaleza y sus actos. Entendemos que ese sentido de la justicia se expresa como equilibrio y armonía, que contempla siempre todas las necesidades de los seres humanos y la distribución equitativa de oportunidades, a la vez que respeta el derecho a progresar gracias al propio esfuerzo.
Los intereses particulares de las naciones, los intereses de partido, los intereses económicos, etc., no pueden suplantar a la verdadera justicia social promoviendo leyes que vulneren los derechos humanos y el derecho esencial al desarrollo en dignidad como persona.
Insistimos, una vez más, en que no habrá justicia social sin una afirmada ética individual.
.- Responsabilidad y sentido del deber.
Debemos valorar la responsabilidad y el sentido del deber entendidos como expresión del individuo comprometido en desarrollar y aportar lo mejor de sí mismo, como base de su realización personal y de su servicio al bien común.
.- Fraternidad universal.
Creemos necesario entender el vínculo y unidad esencial existente entre todos los seres humanos más allá de sus razas, creencias y condiciones sociales; entender la humanidad como una gran familia donde debe reinar la paz, el entendimiento y la solidaridad.
El espíritu de fraternidad se apoya en el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano, de su libertad para elegir su vida y sus creencias en el marco natural de respeto a los valores universales y los derechos humanos.
.- Tolerancia activa.
En este sentido, baste reflejar las palabras recogidas en la “declaración de principios sobre la tolerancia” de la 28 reunión de la Conferencia General de la UNESCO, en París, el 25 de octubre de 1995:
“La tolerancia consiste en el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos. La fomentan el conocimiento, la actitud de apertura, la comunicación y la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión.
La tolerancia consiste en la armonía en la diferencia. No solo es un deber moral, sino además una exigencia política y jurídica. La tolerancia, la virtud que hace posible la paz, contribuye a sustituir la cultura de guerra por la cultura de paz…
…Tolerancia no es lo mismo que concesión, condescendencia o indulgencia. Ante todo, la tolerancia es una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás. En ningún caso puede utilizarse para justificar el quebrantamiento de estos valores fundamentales…
…Supone el rechazo del dogmatismo y del absolutismo y afirma las normas establecidas por los instrumentos internacionales relativos a los derechos humanos”.
.- Compromiso social.
Consideramos necesario un compromiso social que sea el natural resultado del espíritu de fraternidad, de la bondad y del sentido de la justicia. El bien común es fruto del compromiso individual de aquellos que hacen suyos los ideales de progreso de la humanidad.
Los valores civilizadores expresados en el arte, la ciencia, la religión y la política solo pueden ser fruto de un esfuerzo de los individuos por desarrollar y poner en común lo mejor de la humanidad. Deben también reflejar su aspiración hacia los altos valores que anhelamos.
Cuando la ciencia busca la verdad y el conocimiento; la espiritualidad y la religión, la bondad y el amor; el arte, la belleza; y la política, la justicia, se puede lograr una armonía insospechada que nos conduzca a forjar sólidamente un mundo mejor.
Un mundo mejor es posible desde el esfuerzo individual inspirado por unos profundos valores universales
Los abajo firmantes nos comprometemos en el esfuerzo por vivir lo expuesto en esta declaración personalmente, y en promover su contenido en la sociedad.





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Juan Manuel de Faramiñán Gilbert.
Catedrático de Derecho Internacional Público y director del Observatorio de la Globalización de la Universidad de Jaén.

Carlos Espinosa Manso.
Inspector de Educación en Málaga

Miguel Ángel Padilla.
Filósofo, Dir. de la Organización Internacional Nueva Acrópolis en Málaga

María Dolores Fernández Fígares.
Doctora en Antropología, profesora de periodismo.

Lorenzo Rodríguez de la Peña.
Presidente de la Asoc. UNESCO para la promoción del diálogo intercultural e interreligioso en Málaga (AUNESCOPRODI)

Harry Costin.
Doctor of Business Administration, profesor de ética empresarial de la Universidad Americana de París

Antonio Requena.
Vicepresidente de AUNESCOPRODI y presidente de la Federación Española de Yoga y Yoguismo

Carolina Mazias
Abogada y presidenta de la Asoc. Málaga Inserta

Miguel Artola Molleman.
Escritor-investigador y Prof. de Historia

Alfonso Villegas Lerma.
Presidente de la Asociación de Escritores de Málaga

Angelina Molina López.
Coordinadora nacional del grupo de voluntariado GEA

Diego Ceano.
Escritor, presidente de la Asoc. Academia de Artes y Letras Sta. M.ª de la Victoria de Málaga

Carlos Roldán.
Abogado, Dr. en Filosofía y director de teatro.

Gabriel Paredes Chávez.
Gerente General Human Group, miembro de número de la Asociación Iberoamericana de Derecho Laboral
Ignacio Ballesteros Menéndez.
Ingeniero informático y director del Instituto de Artes Marciales Filosóficas Bodhidharma en Málaga.
Dr. Antonio Alzina Forteza
Fundador y Director Internacional del Centro Seraphis de Nueva medicina





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